viernes, 27 de marzo de 2015

Nos falta empatía

   













   Las redes sociales permiten que los pensamientos vean la luz velozmente. No es de extrañar, es darle al “enter” y todo el mundo tiene acceso, a no ser que tengas el estado privado. Siendo así, solo y solo si publica algo que nos revuelva hasta la médula, alguno de los contactos lo hará público. Nos falta empatía. MUCHA. Tenemos una Historia que muestra cosas horribles y nos apenamos por ello y empatizamos con nuestros antepasados, hasta por los que no fueron genealógicamente antecesores nuestros. Sin embargo, en pleno Siglo XXI un programa de televisión es el súmmum de toda aspiración o, lo que es peor, de lo que nos hace ser humanos. Y no es de extrañar, créame señora o señor, ¿qué se impone hoy en día? La caja tonta parece ser más lista de lo que opinamos. Es una guía, un Rey -y sí, en masculino porque así parece tener más poder-. Nos falta empatía, con todo. Es impresionante la facilidad para «hacer ascos» a gente afectada porque sus células quieren multiplicarse sin control; para desear más víctimas en una catástrofe por el simple hecho de no compartir ideología o, simplemente, por generalizar demasiado sobre lo que una persona opina.

   Nos falta paciencia. Es más fácil generalizarlo todo. No tenemos tiempo. ¿Cómo vamos a tener tiempo si solo podemos centrarnos en nosotros mismos? ¿Cómo podemos entender un intermedio si la coordinación disyuntiva solo ofrece el blanco y el negro? Parece que el gris debe imaginarse y ¡JODER! Si no lo tengo delante de mis narices no existe. Es que… Qué pereza me da, en serio.


   No creo en la reeducación, pero parece ser que sí en una hostia a tiempo. O eso se dice. No comunico esto para concienciar a nadie de nada pues no expongo claramente ni los motivos ni las causas, simplemente escribo esto porque creo,
- coño ES ASÍ- que hay algunas cosas que, si se piensan realmente, por lo menos agradecería que siguiera en la cabeza  ̶  ya no digo cerebro pues poca sustancia de ello queda, si hubo alguna vez  ̶  y, si no se puede, estaría bien cortarse las manos o la lengua, literal o metafóricamente. No importa.

   No por ello en mi mente todos están sin lengua. 


lunes, 23 de marzo de 2015

Canciones para Paula: Ruido visual

Qué precioso tiempo he perdido en esto… De todos modos, no me viene de cinco minutos para comentar esta bazofia.

Para empezar, Canciones para Paula (o ruido para mis ojos)  no es que haya podido leérmela del tirón, de hecho, he necesitado más de 10 cigarros entre “capítulo” y “capítulo” (y son cortos de cojones, ni cuatro líneas ocupan algunos). Realmente, qué decir de un libro que incluye como gran lectura Perdona si te llamo amor y lleva la categoría de romántica (Ojalá supieran qué es romántica, de verdad, etiquetas sin sentido alguno). Ciertamente, un intertexto de lo más pobre. Sé que no os sorprenderá que diga esto, pues solo hay que ver la reseña de dicho libro en este mismo blog.

En fin, volviendo a lo que me refería, estamos ante una trilogía plana. Ningún personaje tiene trasfondo,  son tópicos de la literatura (qué dolor…) que hoy en día es merecedora del premio cervantes. Sí, sí. ALUCINANTE. Es espectacular cómo un argumento tan insulso lleno de casualidades, más que obvias, llegue a ser uno de los más leídos. Por si poco fuera incluye, además, personajes que hacen avanzar la acción como si la maldad y la fealdad fueran dos de las características que distinguen al ser humano haciendo así posible que en la subconsciencia se llene de prototipos sin sentido, donde lo intelectual es leer a Moccia y lo mejor para tu vida es tener un cuerpo y una belleza equiparables a las que deseaba (y disculpad tal comparación antes de que pueda escribir el nombre, pero creo que podría trasladarlo a este tipo de logros)  Oscar Wilde. Y es que, efectivamente, hemos pasado de grandes textos que creaban personajes con una riqueza admirable a otros que, inexorablemente, se contagian y se construyen por lo que “es normal en los adolescentes” (entre comillas añado afirmaciones consultadas en blogs). Y no sé vosotros, o ustedes como se prefiera,  pero yo no he vivido tanta ñoñería absurda en mi adolescencia y, mucho menos, tanta “ficción” absurda que nada aporta a lo que hoy se llama literatura.

Sinceramente, lo de los triángulos amorosos podría dar mucho más de sí (pero nada que reclamar a dicha obra, NADA, puesto que no creo que pueda dar más sustancias, ni siquiera alguna de mi agrado). Se busca la complicidad juvenil, ese ligamento que muestre las razones de sentirnos atraídos por más de una persona. Y me van a disculpar, o me vais a disculpar (como plazca) pero el amor solo se concibe como monógamo para dar una “buena visión” de lo que el catolicismo ha impuesto. Aunque, sinceramente, TODOS somos polígamos sin excepción. Es por esa razón que “mola” tanto una novela que cuente los enfrentamientos, enlaces y sus correspondientes desenlaces, porque todos los adolescentes (y no tan adolescentes) sienten atracción por personas que no están en el ámbito de lo que llamamos pareja. Y no es para alarmarse, es normal que el humano se enamore más de una vez en su vida, pero no tan absurdamente como en esta trilogía, donde la palabra amor para mí no tiene cabida. Además, entre tanto embrollo, no podía faltar un final rápido, con poca coherencia y apto para decir "nunca me hubiera esperado este final" (emoticono con las manos en la cara, arrancándose los ojos).

No por tener un libro (o tres) que ocupen un gran volumen en nuestras manos seremos más intelectuales (es como llevar o no llevar gafas, no tiene sustento alguno). Sin embargo, con tristeza sé que mucha gente cree que sí (y esto solo hay que verlo en listas de lecturas para el nuevo año 2015). Con gran pesadez y angustia pregunto ¿Realmente queremos esta “literatura” para adolescentes, donde belleza y fealdad es equiparada a lo culto y la máxima aspiración es conseguir al malote del grupo? (no olvidemos que siempre se persigue al chico… algo a REMARCAR).

Perdona si te llamo amor: La cosa trata sobre el amor

He guardado toda la lencería provocativa para sumergirme en una nube de azúcar, empalagosa y un tanto aburrida. “La razón está en cómo trata el amor” me decían mis compañeras y compañeros de trabajo. Está bien, pensé, leamos el famoso libro de Moccia: Perdona si te llamo amor.

Sinceramente, me han faltado cervezas para ver el encanto de la escritura y qué decir del insulso argumento. Eso sí, he aprendido la importancia del reciclaje y que una lectura fácil que trate sobre el amor, con una gran diferencia de edad, tiene mayor aceptación social. Y sí, para afirmar esto me basta recurrir a la novela de Nabokov: Lolita. A diferencia del de Moccia, Nabokov logra que el lector empatice con Humbert Humbert, a pesar de la perversión del relato, por la gran majestuosidad de su escritura. En cambio, Moccia alcanza la fascinación en su lector por recurrir a la banalidad de lo que la sociedad anhela: el período del amor romántico  que, por desgracia para el que admire el libro, la realidad es que esta etapa suele durar entre dos y tres años.

Dejando esta pincelada de comparación, en la que no quiero profundizar ahora, vuelvo a centrarme en Perdona si te llamo amor. Ciertamente, estamos ante un libro que nos presenta un personaje con un dolor bastante común: que nos deje nuestra pareja. ¿Solución? Comprarse coches carísimos. ¿Final? (si no has leído el libro, no padezcas, el spoiler es evidente desde las primeras páginas) el abandonado se lleva a su jovencita, sigue con su cochazo y  pasa del whisky a la Coca-Cola.

¿Cómo entender por qué gustan este tipo de argumentos? Pues bien, como ya he mencionado antes, creo que los amantes de estos libros se han quedado en la etapa del amor romántico. Sí, la etapa en que, indiferentemente de la edad que tengas, te comportas con cursilería (capaz de superar el algodón de azúcar de las ferias) con tu pareja. Pero eso cambia. El romanticismo inicial acaba por convertirse en un esfuerzo diario para mantener el amor pero, como ya se sabe, no siempre se logra esa comprensión mutua y ese afecto duradero. Es por ello y por, insisto, por una lectura fácil que el lector ya no está en una franja de edad de catorce años (edad "aceptable" para leer este tipo de libros, a pesar de que yo los quemaría todos) sino que acaba abarcando edades comprendidas entre los veinte y los cuarenta años.

Realmente, bravo a las escrituras por buscar una solución fácil y sin apenas sustancia que consiguen entender cómo gustar en un período de crisis donde el amor se refleja en carreras de coches, en el síndrome de Peter Pan y en títulos que llevan el sinónimo de BDSM. Entre muchos otros elementos, si lo que se busca es una ficción que embellezca la realidad aconsejo buscar obras que, aunque parezcan ser más difíciles y necesiten más tiempo para su lectura, puedan mantener ocupadas nuestras mentes intelectualmente y no en chorradas como en sentirse desdichados por no tener a un Alex o una Nikki en nuestra vida.

Cincuenta Sombras de Gray: Un fenómeno social o un comportamiento impuesto

Tengo cinco conjuntos sexys de ropa interior en mi cajón, cada cual más transparente que el anterior. Es ponérmelos y pensar en una copa de vino y un apuesto varón que, con sus grandes aptitudes y su enorme riqueza, logren sacarme de esta triste realidad. Y sí, digo triste realidad porque parece que todo lo que escape de estos límites es una tortura inexplicable. Y aquí está el boom de los libros eróticos del siglo XXI.

Es entrar en una librería y que el primer estante tenga un colorido rojizo que dibuja figuras sensuales, con tanta delicadeza que parece que todos sean la copia de una misma portada. Sí, sí, señoras y señores, me refiero a 50 sombras de Gray. ¡Qué libro! Un conjunto de tinta que para nada ha suscitado a la indiferencia. Y, para aquellos que no lo hayan leído, tranquilos, no es de vital importancia (puesto que hay innumerables copias sutiles, si es menester decirlo, que juegan con el mismo patrón narrativo).

Con esto, un café amargo (que no es para nada un vino de alta gama) y un cigarrillo de liar, debo decir que después de licenciarme o graduarme o  ¿tener la E.S.O después de cuatro años de estudio en filología? (tendré que preguntarle al ministro de educación) no entiendo cómo puede alcanzar tanta fama este libro.

Volviendo a lo que me refería, después de cuatro años de estudio para ser considerada filóloga (¡Vaya como Anastasia Steele!) debo decir que ningún varón apuesto, en realidad ningún varón, me ha regalado la primera edición del <em>Quijote.</em> Qué jodida mi trayectoria universitaria, pues. Sí, JODIDA. Salgo de esta universidad sin conocer a nadie que tenga suficiente dinero como para complacerme literariamente. Y nada que decir sobre cómo deben complacerme en la cama. Seré escueta: Una chica, del “montón” encuentra a un “buenorro” (mierda, este adjetivo sustantivado no lo acepta el corrector, no importa, tampoco se acepta tanta ficción en una narrativa tan mal escrita y vende) y así, muy resumidamente, la chica se somete a los traumas de un amado incomprendido (sigue estando bueno) que ha sido maltratado durante su infancia y eso se proyecta hacia la relación “amorosa”, si cabe decirlo así, en una especie de encuentro sexual sodomizado. Está bien, pero es sodomizar de manera light, así como si las caricias quemaran (tampoco hay penetración anal, puntualizo) y brutal en el nivel de la mujer. Y es que seguimos con el fenómeno Disney pero con sexo explícito: princesita necesita ser rescatada, a base de latigazos, por un APUESTO príncipe.

Y no es extraño pensar en cómo se debe reaccionar ante un "boom" de tanta habladuría puesto que, a nivel literario y social, lo que se nos está demostrando es que la mujer licenciada en literatura que, a mi parecer debe ser culta y saber qué caminos escoger en las repercusiones que ofrece nuestra historia, acepta el comportamiento abusivo del PODER encarnado en un varón que está en el puesto número uno del canon y todo se le perdona por “ser así” (comportamiento “justificado” por un pasado). Del mismo modo, no está de más preguntarse cómo un argumento tan pobre y abusivo ha podido generar tanta expectación y aplausos ante una sociedad que debería, creo, valorar los ecos del pasado.