Un libro que parece no decir nada pero que acaba diciéndolo todo sobre la época del Terror en Francia. Una simbiosis perfecta con pintores poco conocidos como Andre Vincent, con la comparación de las obras trágicas de Shakespeare, con la crueldad del cuidador de Luis XVII... una inmensidad de referencias que encuentran eco en la Historia, la propia y la ajena, relatadas desde la voz de un Judas, desde un número 12.
No negaré que la lectura ha sido un tanto complicada y que el lenguaje sumamente detallista, junto a las constantes referencias a personalidades francesas, han requerido de una segunda lectura para comprender de qué trata exactamente el libro.
Pues bien, el libro está dividido en dos partes claramente diferenciadas: una primera donde se nos relata la biografía de Corentin - el pintor de Los Once - y una segunda parte dedicada exclusivamente al cuadro de Los Once.
A lo largo de toda la primera parte se nos habla del abuelo, del padre y de las dos mujeres que criaron a Corentin: su abuela y su madre. En un principio, parece que lo único que quiere hacer el autor es forzar a creer que el pintor existió dotándolo de un pasado familiar que anula cualquier duda sobre su veracidad. Sin embargo, esto solo es una pequeña parte del puzle: bajo el papel del abuelo albañil, del padre escritor y de las dos mujeres que lo cobijan entre sus faldas, encontramos un trasfondo histórico que empieza con la construcción de los canales del Loira pasando por la época de las luces y acabando, paradójicamente, con la madurez de un niño que es capaz de aceptar un encargo como Los Once. La madurez del pintor se muestra con el abandono de las faldas de la mujer y, a su vez, con la descripción de su perfección artística: empieza siendo el discípulo de Giandomenico Tiepolo para acabar reflejando una pintura propia de Caravaggio.
La segunda parte del libro se centra en la petición del cuadro: una noche de ventoso en la iglesia de Saint Nicolas Des-Champs, junto al busto de Marat. Una petición funesta acompañada por la intensidad del fuego que prenderá al igual que se pronuncian las palabras. Un cuadro que será un comodín: si Robespierre gana será una alabanza a su figura, si pierde se manifestará una realidad que silencia la guillotina. Por supuesto el encargo se acepta, Corentin - con una bolsa de monedas en la mano- da un sí rotundo, ¡qué suerte la suya poder pintar tal obra de arte! Una suerte fatídica, solo apreciable por la mención de San Mateo y Caravaggio. Y es que, una vez relatado quién hará el cuadro y de qué tratará deja de importar su autor y nada se sabe de la entrega. ¿Qué le sucede a Corentin? ¿Qué supondría que un cuadro así hubiera existido?
Se intuye la muerte de Corentin por la comparación que establece con San Mateo: Caravaggio pintó tres cuadros, uno en los que el evangelista es tocado por un ángel, otro en los que se reúne con otros evangelistas y, un último, que muestra su decapitación. Pues bien, Corentin es tocado por el ángel que predice su fin, una reunión en ventoso y una decapitación como consecuencia de burlar al tirano. Del mismo modo, del cuadro nada se sabe, únicamente que Robespierre, Saint-Just i Couthon aparecían más iluminados que el resto de los componentes del Comité de Salvación Pública. Y es que, a pesar de que la novela no ofrezca directamente todas las respuestas, a Michon solo le hace falta integrar esta narración en palabras de Jules Michelet y compararlo con el cuadro de La Balsa de la Medusa, de Géricault.
Lo expuesto hasta ahora es solo una pincelada de este gran cuadro en el que solo la voz del texto puede hacernos recordar un silencio que ha vuelto para ser más estridente que nunca y recordarnos que voz e imagen son formas que logran concienciar sobre el pasado. Así pues, os animo a leer esta joya literaria para que encontréis un lugar donde el detalle se convierte en el mayor de los deleites.




